Hijo mayor del matrimonio de argentinos integrado por Antonio Lozzia – radical irigoyenista hijo de inmigrantes italianos procedentes de Cittilio (Lago Di Como) – y Ana Dubini – anarquista en su juventud –, nació en Rosario, el 25 de enero de 1922: “Nuestro hogar paterno estaba muy politizado; además de la filiación política de nuestros padres, en casa era habitual hablar y debatir sobre política. Durante la guerra civil española, mamá había desplegado sobre la pared un amplio mapa de España, e iba coloreando con amarillo o rojo, respectivamente, los pueblos que conquistaba la reacción clérigo-militar o que recuperaba el ejército republicano”. (1)
“Estudió en la Escuela Normal de Maestro Nº 3 de la ciudad natal, y se graduó de Escribano Público en la UNL”. (2)
A fines de la década del ´30, LOZZIA fue uno de los reorganizadores de la Juventud Socialista de Rosario, y como en la década infame la penetración nazifascista infiltró el Ejército y parte de la dirigencia de derecha, existió represión contra los sectores políticos progresistas y la militancia política implicó algún riesgo: “A pesar que yo era muy niña, y que en casa se respiraba política y libertad, cuando Mario iba a algún acto político del PS, lo hacía a escondidas de nuestros padres, y al irse me decía: ‘Si para tal hora no vuelvo, avisales a CASTILLO (Norberto) o a CHORT (Eduardo)’”. (3)
En abril del ´43 apareció En Marcha, periódico socialista cuyo editor responsable fue Rinaldo E. LUCCHINI, sus directores José B. TREVIÑO, Luis M. LOZZIA, y Fulton M. GOROSITO, y su Administrador Norberto D. CASTILLO.
A inicios de la década del ´40 se recibió de Escribano en la Universidad Nacional del Litoral, casándose con la foniatra Olimpia IACCINO*, el 27 de diciembre del ´45, en Rosario.
* Militante socialista, nacida en Rosario el 4 de julio del ´22, como hija del matrimonio compuesto por el calabrés Francisco Iaccino y la argentina María Angélica Camani. En la década del ´40, presidió la Juventud Socialista de Rosario.
“Mi papá nos llamaba ‘indios’, porque no le dábamos importancia a las cosas materiales. Cuando salíamos de viaje, al retornar, nos pedía que le contásemos cómo viajábamos tanto con tan poco dinero. Nuestras vacaciones eran especiales, porque íbamos a lugares raros, donde la gente no iba. Convivir con Luis, que parecía tan seco, era muy divertido. Todas nuestras salidas fueron experiencias encantadoras”. (4)
En esa década del ´40, LOZZIA ejerció primero como Escribano (con Estudio de Escribano y Procurador en Urquiza 1975); luego comenzó a escribir colaboraciones para La Vanguardia; y escribió activamente en Argentina Libre.
La revolución del 4 de junio del ´43, que había tenido el “propósito fundamental de derrocar un gobierno de vergüenza que se había entronizado en el poder por el fraude, y que pretendía mantenerse y aún prolongarse en él por los mismos medios”, se desmadraba y disolvía por decreto a los partidos políticos, además de iniciar una serie de acciones de clara connotación fascista y persecución política, por lo que los socialistas santafesinos exhortaron “a las agrupaciones de filiación democrática, a las asociaciones obreras y estudiantiles a intensificar las tareas para la inmediata constitución de una amplia unidad democrática que facilite el retorno a la normalidad constitucional”, lo que electoralmente confluyó en la Unión Democrática, manifestación aquella que además de contar con la firma de LOZZIA, fue suscripta por Ceferino CAMPOS, Isidro OLIVER, José ROSSI, Froilán LUDUEÑA, Amadeo F. BIGNAMI, José BIGNAMI, Narciso A. GNOATTO, José BRAILOVSKY, Rinaldo E. LUCCHINI, Pablo F. VISCONTI, José TREVIÑO, Alfredo ROSSI, Jaime ANTOLÍ, Santiago BLANCHETTI, Emilio EYRAS, Enrique SERENELLI, y Francisco BODETTO. (5)
En el Partido Socialista tuvo una activa militancia hasta fines del ´46: “Fue una época muy brava. Contra el Señor Pocho (Perón) póngale a mis palabras las tintas más negras y cargadas que pueda haber”. (6)
Por esos tiempos, fue un joven y activo propagandista de las ideas socialistas, habitual conferenciante, como cuando el 26 de mayo del ´46 y bajo “los auspicios de la Agrupación Universitaria Socialista, disertó en la Casa del Pueblo (de Rosario) sobre “Materialismo Histórico””. (7)
Inmediatamente después de casado, el matrimonio LOZZIA se radicó en Olivos (Buenos Aires): “Fue una época de hambruna para nosotros. Luis vendió libros, e hizo de todo para ganar la diaria, aunque siempre en relación con los libros y la cultura. Hasta que en 1947 ingresó a La Nación. Ahí comenzó la gran vida de él, porque amaba y respetaba mucho el periodismo. Destaque que el diario La Nación lo ayudó mucho. Los Mitre y LOZZIA fueron mutuamente consecuentes. El fue muy capaz; tenía una basta y exquisita cultura, hizo su gran carrera; pero el diario lo distinguió facilitándole todo. La Nación merece ser destacada”. (8)
En efecto. Desde 1947 fue periodista de La Nación, donde ingresó como corrector de pruebas, después del cierre de Argentina Libre, periódico en cuyo nombre flameaba toda una bandera frente a las corrientes autoritarias de la época. Fue asimismo cronista parlamentario: José Claudio Escribano nos cuenta que durante la presidencia de la Cámara de Diputados de la Nación que ejerciera Héctor J. Campora entorno a 1950, “agentes de la desaparecida sección Orden Político de la Policía Federal actuaban con la instrucción de tomar nota sobre quién de los redactores parlamentarios de La Nación había hecho la crónica de tal o cual parte de los debates parlamentarios. Aquellos agentes comenzaron por situarse detrás de las sillas ocupadas por nuestros redactores en el palco de periodistas, y terminaron aplicándose - por lo que se rumoreaba -, a asuntos más íntimos y sin duda mundanos, en espacios ajenos al recinto al que estaban asignados. Esto era posible porque nuestros redactores, después de un primer período exploratorio de ambas partes, habían aceptado aliviarlos del trabajo de informantes con la promesa de entregarles al día siguiente de cada sesión un ejemplar del diario con las indicaciones debidas para el conocimiento de las autoridades”. (9)
A partir de 1956, fue Secretario de Redacción, luego Segundo Jefe de Editoriales, y cuando en 1983 se retiró del ejercicio pleno del periodismo, hacía quince años que estaba al frente de la Jefatura de Editoriales.
En la difícil década del ´50, integró la Comisión Directiva de la Sociedad Argentina de Escritores, sosteniendo con “rigurosa prescindencia en materia religiosa, política y estética, la tradición ya ilustre de la SADE” (10). Fue también miembro de número de la Academia Nacional de Periodismo, y Director de Prensa de la Dirección de Relaciones Culturales del Ministerio de Relaciones Exteriores.
De 1947 data su primera publicación, Los Anuncios (11), serie de cuentos que obtuvo el Premio Iniciación, concedido por la entonces Comisión de Cultura de la Nación, libro dedicado cariñosamente “A Olimpia, luz de abnegada compañía”. “1947 ha registrado la aparición, desde las filas del socialismo, de un extraordinario cuentista. Luis Mario LOZZIA ha publicado Los Anuncios, libro de verdadera calidad, que acerca a la literatura argentina a un nuevo jornalero de limpias y suficientes herramientas”, afirmó el Anuario Socialista 1948. (12)
Sus cuentos se continúan en 1949, con Estas Noches que Empiezan (13), dedicado “a Concepción, que tiene música en los cabellos blancos, y a Antonio, su compañero, que escribe versos a hurtadillas; a I. Américo Foradori, que lleva en los ojos la aurora del hombre y por ella es combatiente; y también a Antonio E. Rubio, que por vivir tanto la amistad no tiene tiempo para nombrarla …”, publicación por la que obtuvo la Faja de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores.
Luego apareció en 1956 la novela Domingo sin fútbol - “originada en sus reflexiones de cronista deportivo y que estuvo libre de las licencias canallas que de él podían esperarse, pues era un fervoroso hincha de Rosario Central” (14) -, dedicada a su muy amigo y compañero de trabajo de La Nación, Fidel Horacio Heugas, para dar posteriormente a conocer las novelas Los grandes peces ciegos (1965), dedicada a sus grandes amigos, el escritor Pedro Larralde, y el escritor y embajador Mario Corcuera; y Retrato reservado (1972), dedicada al amigo periodista de La Nación, y escritor, Augusto Mario Delfino; los cuentos de La fuerza de las distancias, dedicado “a Elba, mi hermana”; Favor de Alas (1976), dedicado “a Tito Narosky, que me brindó una amistad rodeada de pájaros”; el ensayo biográfico Augusto Mario Delfino, crónica de una vocación; Elogio de las aves condenadas (1982), dedicado a la escritora Beatriz Guido, y a su gran amigo, lector empedernido de fino humor y tendencia bohemia, Alberto Rey Giménez; y Los escondrijos del águila (1998), tres preguntas a W. H. Hudson, dedicado “a René Balestra, por la vieja e invariable amistad”. (15)
Luego publicó Aires, aguas y lugares - título utilizado por Hipócrates en uno de sus escritos - donde el autor señaló haber “cedido a la tentación de reproducirlo, porque el interés hacia las aves, la fascinación de las lagunas, y la sucesión de parajes insertos en un itinerario dictado por el gusto de viajar, pueden ser cabalmente resumidos en las palabras denominativas del antiguo texto hipocrático”. (16)
La obra literaria de LOZZIA – que también colaboró con Letras, de Buenos Aires, en 1981 – es innumerable, con artículos, notas y ensayos que revelan la solidez de su formación filosófica y estética: “Su escritura se distingue tanto por estar conscientemente labrada y lejos de los abalorios retóricos como por ser representativa de la transparencia espiritual del autor” (17). Dos veces el PEN Club argentino lo distinguió con sus máximos galardones.
En su inquietante escudriñar el universo natural, integró la Sociedad Argentina Protectora de los Animales, de quien recibió un Diploma de Honor el 29 de abril de 1985, y la Sociedad Ornitológica del Plata, institución a la que antes de morir, donó todos los libros de su biblioteca especializados en pájaros.
Ser humano de dimensiones magníficas, supo granjearse la admiración, el respeto y el aprecio de cuantos lo conocieron y compartieron con él vivencias singulares laborales o literarias: “Sentimos la necesidad de decirle algo que Usted sabe muy bien, pero que siendo nuestra verdad, debemos decirla: es Usted un Escritor con un espíritu exquisito” (18). “Después de un año de trabajar bajo su guía, quiero dejarle el testimonio de mi más sincero agradecimiento por sus consejos y sus enseñanzas. Otra cosa, más importante, es el afecto profundo que siento por quien me honró con un trato humano invalorable”. (19)
El 31 de julio de 2003, y después de padecer una larga enfermedad, decidió con un revólver poner término a su vida, y José Claudio Escribano, reconociendo en LOZZIA a “uno de los más grandes periodistas de La Nación en el siglo XX”, así redactó parte de su necrológica: “Con LOZZIA también murió un mirón de pájaros. Murió un ciclista, que en plena juventud pedaleó voluntariosamente en vueltas vecinales. Murió un vendedor de libros por catálogo y un lector voraz de todos los libros a su alcance. Murió un titiritero, que como prolongación de las clases de maestro rural rondó con sus muñecos por pueblos santafecinos, para alegría de los chicos. Murió el dirigente estudiantil de la militancia antifascista en la Universidad Nacional del Litoral, durante la Segunda Guerra Mundial. Murió el navegante que se ensimismaba en diálogo interior en el pequeño navío con el que navegaba por el Río de la Plata. Murió el entomólogo cuya mirada penetrante y eficaz ahincaba en el comportamiento de los insectos y se hendía hasta el hueso de la inconducta de los hombres públicos. Murió el andariego infatigable, que recorrió en casa rodante innumerables caminos de la patria. Murió el autor de Domingo sin Fútbol, la novela que el cronista parlamentario fue escribiendo a borbotones, desde el palco de periodistas de la Cámara de Diputados de la Nación, a raíz de la cortesía involuntaria de legisladores que, "al pronunciar siempre el mismo discurso - ironizó -, nos evitaban tomar apuntes". Murió un escribano de provincia, que apenas tuvo ímpetu para levantar en su larga existencia, que con injusticia denominó de haragán, un par de actas notariales.
Luis Mario LOZZIA fue todos esos hombres diversos y a menudo superpuestos, pero en realidad fue uno solo, y por sobre todo, el periodista magistral y de probidad intachable al que el destino llevó a constituirse en parte sustancial de la memoria de este diario”.
Pero además, LOZZIA fue un “escéptico, rebelde a los dogmas religiosos y refractario a otra fe que no fuera la de la confianza del hombre en las posibilidades de perfeccionarse por sí mismo, con prescindencia de cálculos en recompensas materiales de este mundo o de las que pudieran derivarse del hecho definitivo de la muerte”. (20)
En su sepelio, por La Nación, despidió sus restos el Jefe de Editoriales, Bartolomé de Vedia, quien expresó: "Le decimos adiós a Luis Mario con toda la fuerza del cariño y la admiración que su talento y su espíritu supieron inspirar. Lo recordaremos siempre como lo que fue: un escritor de diarios de extraordinario talento, un novelista imaginativo y brillante, un hombre sensible y cuidadoso de las formas, un cultor insobornable de la libertad, un espíritu selecto, un pensador apasionado e independiente. Y, por encima de todo, un humanista comprometido con los gestos y los valores que preservan la dignidad de los seres vivos, la belleza de los escenarios naturales, y la pureza originaria del mundo real.
Así era Luis Mario LOZZIA: un enamorado de la vida y de los pájaros, de los árboles y de los ríos, de los pensamientos y de los libros. Los que tuvimos el privilegio de estar cerca de él, de compartir horas de trabajo o de conversación con él en la Redacción del viejo diario, de disfrutar de su sabiduría y de su inteligencia finísima, de leer sus editoriales de impecable construcción o de compartir sus lúcidos análisis de la realidad nacional o internacional, experimentamos en este momento una dolorosísima pérdida, un profundo sentido de desprotección.
Al despedir hoy sus restos en nombre de La Nación, … quiero evocar al hombre de prensa identificado con los ideales democráticos y republicanos que definen y expresan la mejor tradición argentina, al cronista parlamentario que sirvió a la causa de la libertad en épocas difíciles y dio pruebas acabadas de civismo, al prosista que enaltecía el idioma con su estilo irreprochable, al estudioso de la ornitología, al viajero irreductible que recorría paisajes y ciudades con su casa rodante, al contemplador de los cielos y los cursos de agua".
Por la Academia Nacional de Periodismo, Lauro F. Laíño expresó: "Dicen que LOZZIA fue pescador, ornitólogo, ciclista, vendedor de libros a domicilio, amante de la naturaleza, vagabundo de mil caminos, ciudadano del mundo enamorado de su propia tierra, académico, dirigente estudiantil, maestro rural, literato, escribano, periodista y libertario. Pero Lozzia fue mucho más. Fue un príncipe de las letras y de la prensa, dueño de una prosa singular, en la que alternaban la filigrana sutil y el enfoque arrojado, sin concesiones ni dobleces, como supo aprender y, sobre todo, enseñar en el diario de Mitre. Era un caballero con armadura. Armadura que brillaba por el humor, y era férrea en la ironía. Esa armadura que protegía su sensibilidad honda de las asechanzas que este mundo, que no es del todo para hombres de su estirpe". (21)
El también doblemente colega en el periodismo y en la concepción política, José B. TREVIÑO, evocó que fue “muy amigo y compañero de Luis y Elba LOZZIA, y de Olimpia IACCINO. Tanto, que fui el ‘cajero’ de los compañeros socialistas que aportaron para el regalo de casamiento de LOZZIA-IACCINO. Luis Mario fue un tipazo, gran ser humano, e impecable periodista”. (22)
(1) Relatos de Elba Lozzia de Levit, Buenos Aires, junio de 2005.
(2) Abad de Santillán Diego, Gran Enciclopedia de la Provincia de Santa Fe, Ed. Ediar, Buenos Aires, 1967.
(3) Relatos de Elba Lozzia de Levit, Buenos Aires, junio de 2005.
(4) Relatos de Olimpia Iaccino, Buenos Aires, junio de 2005.
(5) La Vanguardia, edición del 10 de abril de 1945.
(6) Relatos de Olimpia Iaccino, Buenos Aires, junio de 2005.
(7) La Vanguardia, edición del 28 de mayo de 1946.
(8) Relatos de Olimpia Iaccino, Buenos Aires, junio de 2005.
(9) La Nación, edición del 1º de agosto de 2003.
(10) Volante publicitario de las elecciones de 1952. Archivo del autor.
(11) Ed. Cabo de las Tormentas, Buenos Aires, 1947.
(12) Anuario Socialista 1948, Ed. La Vanguardia, Buenos Aires, 1948.
(13) Ed. El Maguntino, Buenos Aires, 1949.
(14) La Nación, edición del 1º de agosto de 2003.
(15) Ed. El Franco Tirador, Buenos Aires, 1998.
(16) Los Escondrijos del Águila, Ed. El Francotirador, Buenos Aires, 1998.
(17) Los Escondrijos del Águila, Ed. El Francotirador, Buenos Aires, 1998.
(18) M. E. de Costa y María L. Berrondo. Archivo del autor.
(19) Tito, 30 de diciembre de 1982. Archivo del autor.
(20) La Nación, edición del 1º de agosto de 2003.
(21) La Nación, edición del 3 de agosto de 2003.
(22) Relatos de José Benigno TREVIÑO, Buenos Aires, octubre de 2005.
|